miércoles, 18 de septiembre de 2019

11 millones de alemanes fueron asesinados después de La Segunda Guerra Mundial.



por Richard K. Mariani

El libro "Cosecha espantosa: el intento aliado de exterminar a Alemania después de 1945, "debería estar en la lista obligatoria de lectura de la escuela secundaria y la universidad para historia y sociología.

Es uno de los pocos libros disponibles en inglés que abordan el asesinato de millones de civiles alemanes no combatientes y prisioneros de guerra alemanes desde 1944 hasta 1950 como una cuestión de política aliada no deliberada y logística ineficaz, como se presenta con mayor frecuencia en libros de texto de la escuela.

Es importante porque este libro se escribió tal como estaba sucediendo e incluye comentarios de testigos oculares en el mismo período de tiempo. El libro no es políticamente correcto y me sorprendió porque habla de una manera tan predudicial sobre las personas de raza negra.

Sin embargo, en este punto, es útil para los sociólogos e historiadores porque refleja correctamente la opinión generalizada en el momento dentro de la sociedad estadounidense.

En cuanto a la observación correcta de que la política aliada consistía en reducir la población alemana a través del asesinato en múltiples formas, el trabajo esclavo y el hambre, y destruir el tejido de la sociedad mediante la violación masiva de la población femenina, otros autores son criticados por decir lo mismo. Cosa pero solo décadas después.

El hecho es que existe un gran esfuerzo para mantener esta información del público, ya que muestra que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial incorporaron no solo la estrategia y las tácticas militares, sino también la ideología del odio racial y una política de exterminio y discriminación de un pueblo.

Cuatro millones de personas murieron debido a la limpieza étnica llevada a cabo por rusos, polacos, checos y serbios, según el ex primer ministro alemán Konrad Adenauer.

Cinco millones de alemanes murieron de hambre en la Alemania ocupada según estimaciones del canadiense James Bacque, y 2 millones de soldados alemanes murieron en cautiverio aliado a menudo mientras realizaban trabajo esclavo en Auschwitz como – y peor – condiciones.

El general Eisenhower prohibió al público alemán compartir sus escasas raciones con soldados alemanes detenidos bajo pena de muerte. Por lo tanto, desde 1944 hasta 1948, un Holocausto ruso y estadounidense para los alemanes estaba en marcha.

Para obtener más información sobre este tema, consulte los libros de los siguientes autores:

Un documento histórico igualmente importante es el libro titulado (Alliierte Kriegsverbrechen) que se traduce como "Crímenes de guerra aliados".
Es una recopilación de información histórica de experiencias de testigos oculares de cientos de crímenes de guerra aliados. Esta información fue escrita en 1946 por soldados alemanes presos en el Campo 91 en Darmstadt por las fuerzas de los Estados Unidos.

Los abogados de la defensa esperaban traer parte de esta información como prueba y quizás para mitigación al Tribunal de Nüremberg, pero no estaba permitido. De hecho, el Comandante del Campo 91 intentó recolectar y destruir todas las copias de este libro.

Por eso es importante que tantas personas lean los libros mencionados como sea posible. Deben ser traducidos al inglés y leerse ampliamente para que el cuento de hadas de la Segunda Guerra Mundial como la última "Guerra Buena" finalmente pueda acabar.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Los campos de concentración de la “conquista del desierto”

Los sobrevivientes de la llamada “Conquista del Desierto” fueron “civilizadamente” trasladados, caminando encadenados 1.400 kilómetros, desde los confines cordilleranos hacia los puertos atlánticos.




A mitad de camino se montó un enorme campo de concentración en las cercanías de Valcheta, en Río Negro. El colono Galés John Daniel Evans recordaba así aquel siniestro lugar: “En esa reducción creo que se encontraba la mayoría de los indios de la Patagonia. (…) Estaban cercados por alambre tejido de gran altura; en ese patio los indios deambulaban, trataban de reconocernos; ellos sabían que éramos galeses del Valle del Chubut. Algunos aferrados del alambre con sus grandes manos huesudas y resecas por el viento, intentaban hacerse entender hablando un poco de castellano y un poco de galés: ‘poco bara chiñor, poco bara chiñor’ (un poco de pan señor)”.

La historia oral, la que sobrevive a todas las inquisiciones, incluyendo a la autodenominada “historia oficial” recuerda en su lenguaje: “La forma que lo arriaban…uno si se cansaba por ahí, de a pie todo, se cansaba lo sacaban el sable lo cortaban en lo garrone. La gente que se cansaba y…iba de a pie. Ahí quedaba nomá, vivo, desgarronado, cortado. Y eso claro… muy triste, muy largo tamién… Hay que tener corazón porque… casi prefiero no contarlo porque é muy triste. Muy triste esto, dotor, Yo me recuerdo bien por lo que contaba mi pobre viejo paz descanse. Mi papa; en la forma que ellos trataban. Dice que un primo d’él cansó, no pudo caminar más, y entonces agarraron lo estiraron las dos pierna y uno lo capó igual que un animal. Y todo eso… a mí me… casi no tengo coraje de contarla. Es historia… es una cosa muy vieja, nadie la va a contar tampoco, ¿no?…único yo que voy quedando… conocé… Dios grande será… porque yo escuché hablar mi pagre, comersar…porque mi pagre anduvo mucho… (…)”.  

 De allí partían los sobrevivientes hacia el puerto de Buenos Aires en una larga y penosa travesía, cargada de horror para personas que desconocían el mar, el barco y los mareos. Los niños se aferraban a sus madres, que no tenían explicaciones para darles ante tanta barbarie. 

 Un grupo selecto de hombres, mujeres y niños prisioneros fue obligado a desfilar encadenado por las calles de Buenos Aires rumbo al puerto. Para evitar el escarnio, un grupo de militantes anarquistas irrumpió en el desfile al grito de “dignos”, “los bárbaros son los que les pusieron cadenas”, en un emocionado aplauso a los prisioneros que logró opacar el clima festivo y “patriótico” que se le quería imponer a aquel siniestro y vergonzoso “desfile de la victoria”.

 Desde el puerto los vencidos fueron trasladados al campo de concentración montado en la isla Martín García. Desde allí fueron embarcados nuevamente y “depositados” en el Hotel de Inmigrantes, donde la clase dirigente de la época se dispuso a repartirse el botín, según lo cuenta el diario El Nacional que titulaba “Entrega de indios”: “Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia”. 




 Se había tornado un paseo “francamente divertido” para las damas de la “alta sociedad”, voluntaria y eternamente desocupadas, darse una vueltita los miércoles y los viernes por el Hotel a buscar niños para regalar y mucamas, cocineras y todo tipo de servidumbre para explotar. En otro articulo, el mismo diario El Nacional describía así la barbarie de las “damas” de “beneficencia”, encargadas de beneficiarse con el reparto de seres humanos como sirvientes, quitándoles sus hijos a las madres y destrozando familias: “La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia”.




 Los promotores de la civilización, la tradición, la familia y la propiedad, habiendo despojado a estas gentes de su tradición y sus propiedades, ahora iban por sus familias. A los hombres se los mandaba al norte como mano de obra esclava para trabajar en los obrajes madereros o azucareros. 

 Dice el Padre Birot, cura de Martín García: “El indio siente muchísimo cuando lo separan de sus hijos, de su mujer; porque en la pampa todos los sentimientos de su corazón están concentrados en la vida de familia”.4 Se habían cumplido los objetivos militares, había llegado el momento de la repartija del patrimonio nacional. La ley de remate público del 3 de diciembre de 1882 otorgó 5.473.033 de hectáreas a los especuladores. Otra ley, la 1552 llamada con el irónico nombre de “derechos posesorios”, adjudicó 820.305 hectáreas a 150 propietarios. La ley de “premios militares” del 5 de septiembre de 1885, entregó a 541 oficiales superiores del Ejército Argentino 4.679.510 hectáreas en las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut y Tierra del Fuego. La cereza de la torta llegó en 1887: una ley especial del Congreso de la Nación premió al general Roca con otras 15.000 hectáreas. Si hacemos números, tendremos este balance: La llamada “conquista del desierto” sirvió para que entre 1876 y 1903, es decir, en 27 años, el Estado regalase o vendiese por moneditas 41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes vinculados estrechamente por lazos económicos y/o familiares a los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período. 





 Desde luego, los que pusieron el cuerpo, los soldados, no obtuvieron nada en el reparto. Como se lamentaba uno de ellos, “¡Pobres y buenos milicos! Habían conquistado veinte mil leguas de territorio, y más tarde, cuando esa inmensa riqueza hubo pasado a manos del especulador que la adquirió sin mayor esfuerzo ni trabajo, muchos de ellos no hallaron –siquiera en el estercolero del hospital– rincón mezquino en que exhalar el último aliento de una vida de heroísmo, de abnegación y de verdadero patriotismo”.

 Los verdaderos dueños de aquellas tierras, de las que fueron salvajemente despojados, recibieron a modo de limosna lo siguiente: Namuncurá y su gente, 6 leguas de tierra. Los caciques Pichihuinca y Trapailaf, 6 leguas. Sayhueque, 12 leguas. En total, 24 leguas de tierra en zonas estériles y aisladas. Ya nada sería como antes en los territorios “conquistados”; no había que dejar rastros de la presencia de los “salvajes”. Como recuerda Osvaldo Bayer, “Los nombres poéticos que los habitantes originarios pusieron a montañas, lagos y valles fueron cambiados por nombres de generales y de burócratas del gobierno de Buenos Aires. 


Uno de los lagos más hermosos de la Patagonia, que llevaba el nombre en tehuelche de “el ojo de Dios”, fue reemplazado por el Gutiérrez, un burócrata del ministerio del Interior que pagaba los sueldos a los militares. Y en Tierra del Fuego, el lago llamado “Descanso del horizonte” pasó a llamarse “Monseñor Fagnano”, en honor del cura que acompañó a las tropas con la cruz”